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miércoles, 28 de enero de 2015

Minas de plata en la costa del río Gualeguay



¿EL REY BLANCO EN GUALEGUAY?


Por el Profesor Gustavo R. Cichero

Existen en el pasado momentos olvidados que fueron en su tiempo, promesa de fortuna o de un posible cambio en la vida de un pueblo o de una región.
¿Verdad? ¿Fantasía? ¿Fábula de aventurero o persecución de un sueño?

En el siguiente trabajo de Gustavo Cichero podemos apreciar uno de esos anhelos que hubiese cambiado el destino de la ciudad de Gualeguay.

Jorge Surraco-editor


La “Leyenda del Rey Blanco”, es una de las primeras ficciones que circuló en estas latitudes del continente americano, después de la llegada de los españoles.
El nacimiento de esta leyenda, hay que remontarlo al viaje de Juan Díaz de Solís.
En 1516, el explorador español Juan Díaz de Solís, llegó al Río de la Plata, al que bautizó con el nombre de "Mar Dulce", pero su expedición no pudo afincarse, porque fue sorprendida por un ataque aborigen que los diezmó.

 Los sobrevivientes emprendieron el regreso a España, pero frente a la isla de Santa Catalina, en Brasil, naufragó una de las carabelas, salvando su vida y quedando en esta isla, 18 tripulantes. Uno de ellos, Alejo García, se convirtió en jefe del grupo y se relacionó con los aborígenes, los que afirmaban que remontando el río Paraná existía un reino, tan abundante en plata, que su monarca adornaba completamente su vestimenta con ese metal, y por ello se lo denominaba “El Rey Blanco". 

 Posteriormente al viaje de Solís, aproximadamente diez años después, el expedicionario Sebastián Caboto, rescató a uno de los 18 sobrevivientes y éste le contó sobre las riquezas que contenía una "Sierra de la Plata", en el nacimiento del río Paraná.
Tentados por el relato, Caboto y sus hombres, buscaron la Sierra de la Plata y las Tierras del “Rey Blanco”, pero jamás dieron con ellas.
De regreso en España, la leyenda se difundió tan rápidamente, que despertó el inmediato interés de los aventureros por visitar “El Nuevo Mundo” y así buscar al poderoso rey. Con este objetivo, otros conquistadores, como Pedro de Mendoza, Juan de Ayolas, Domingo Martinez de Irala y Alvar Núñez Cabeza de Vaca, intentaron, sin éxito alzarse con las riquezas.

Pero, ¿cómo se vincula Gualeguay con esta leyenda?
Hace 145 años atrás, en 1863, el profesor español Francisco Narvarte, radicado en nuestra ciudad, encontró lo que los expedicionarios españoles habían buscado sin éxito: ¡PLATA! Inmediatamente escribió al gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, comunicando el hallazgo. Así informaba: “Presento a registro una mina de mineral argentífero, que he descubierto en virtud de investigaciones practicadas desde el punto denominado Puerto de los Barriles – actual Parque Int. Quintana -, margen del río Gualeguay […] El terreno donde se han practicado las primeras investigaciones  del mineral debe ser de los baldíos que corresponden al Estado. […] de los ejemplares que se han levantado, que se hallan a flor de tierra, tratados por ensayos metalúrgicos, resulta que un botón metálico de ocho onzas de ley común, produce cuarenta gramos plata, unos cuarenta y siete kilogramos por cada cien kilogramos plomo metal consta del documento del análisis químico cuantitativo, practicado en el laboratorio de Burdeos […]1  

 Urquiza, interesado por el informe, concedió la mina a Narvarte y envió un veedor al lugar, que notificó: “Parece resultar que la ciudad de Gualeguay estuviera rodeada de una zona AURÍFERA, más o menos extensa, de aluviones y creaderos, cuya extensión, calidad, cantidad y valor de sus metales solo podrá calcularse con la práctica, auxiliada de la ciencia de que hoy se carece” 2

El tiempo pasó y otros acontecimientos que pusieron en juego la institucionalidad de nuestro país, sepultaron en el olvido la posibilidad de contar con el rico metal precioso.


REFERENCIAS
1 - BERNALDO DE QUIRÓS, Mario. “Hay plata en el Río”. Diario La Mañana. Gualeguay. Viernes 13 de septiembre de 1940. Pág. 1
2 – Idem.

FUENTES

* BERNALDO DE QUIRÓS, Mario. “Hay plata en el Río”. Diario La Mañana. Gualeguay. Viernes 13 de septiembre de 1940. Pág. 1

*VICO, Humberto P. Historia de Gualeguay T 1. Santa Fe. Editorial Colmegna. 1972. Págs. 156-160.



sábado, 10 de septiembre de 2011

Un viaje al país de Las Lechiguanas


Primera Parte por Jorge Surraco

La cabecera de esta nota, donde vamos a contar nuestro primer viaje a las Islas Lechiguanas, remeda el título del relato de José S. Alvarez, mas conocido como Fray Mocho quien hacia fines del siglo XIX publicó “Un viaje al país de los matreros”, libro que describe vida y paisaje de la región que ocupan estas islas y de otras que se extienden Río Paraná arriba hasta la altura de la ciudad de Diamante, en la provincia de Entre Ríos. No sólo Álvarez se ocupó en ese siglo de estas islas sino que antes lo hicieron Domingo Faustino Sarmiento y Marcos Sastre con ópticas bastante diferenciadas entre los tres autores. Posteriormente en el siglo XX, Lobodón Garra, seudónimo de Liborio Justo, no sólo escribió acerca de las islas sino que también vivió en la zona de Ibicuy. 
En una próxima entrada nos ocuparemos de presentar una relación comparativa de los textos de los cuatro escritores. Por ahora vamos a presentar una serie de datos sobre las Islas Lechiguanas que nos impulsaron a realizar nuestro viaje.


Si bien puede ser información conocida, haremos una referencia rápida acerca de Las Lechiguanas, describiéndolas como un conjunto de islas formadas por aluvión a lo largo de muchos siglos en la zona donde la tempestuosa corriente del Río Paraná, comienza a aquietarse en dirección a su desembocadura. Integra el llamado pre delta junto al sector de islas de las regiones de Victoria y Diamante al norte y las de Ibicuy al sur, todas en la provincia de Entre Ríos y que se continúan con el Delta propiamente dicho que se extiende hoy hasta El Tigre y un poco más allá de San Fernando, en la provincia de Buenos Aires. 

Las Lechiguanas, cuyo nombre deriva del quechua lláchiwána: avispa que produce miel, están limitadas por el curso principal del río Paraná al sur y el brazo del mismo conocido como Paraná Pavón al norte, que cambia de nombre por Paraná Ibicuy a partir de la Boca del río Gualeguay. El extremo noroeste de estas islas está ubicado frente a Villa Constitución en la provincia de Santa Fe, extendiéndose más allá de Baradero en la provincia de Buenos Aires y la localidad de Ibicuy en la provincia de Entre Ríos. Observadas en un mapa, el contorno que presenta el conjunto de estas islas podría compararse con el perfil de un dirigible o zepelín, torpe o modernamente dibujado, más ancho en su parte media y angosto en sus extremos. Tienen una superficie de 250.000 hectáreas y su interior lo surcan gran cantidad de arroyos de potente caudal.


La posesión territorial de estas islas estuvo en litigio desde finales del siglo XIX. La provincia de Buenos Aires las reclamaba como parte de su territorio mientras que para Entre Ríos siempre habían formado parte del suyo. El problema radicaba en la determinación precisa del límite entre ambas provincias. En 1902, un acuerdo entre los delegados de las provincias litigantes estableció que el límite era el canal de navegación del Río Paraná, lo que dejaba a las islas bajo la jurisdicción de Entre Ríos pero, en 1910, el gobernador de Buenos Aires rechazó el convenio dado que a esa fecha no había sido homologado por el congreso de la Nación, tal como lo establecía la Constitución Nacional.

En 1944, el Instituto Geográfico Militar dictaminó que el límite entre ambas provincias debía ser el Paraná propiamente dicho y no alguno de sus brazos, es decir, el canal principal de navegación. En 1959 se firmó un convenio por los gobernadores de ambas provincias ratificando el límite en los ríos Paraná y Paraná Guazú, convenio aprobado por la Legislatura entrerriana en 1961, ratificado por Buenos Aires en 1966 y puesto en vigencia por la sanción y promulgación de un decreto-ley nacional de ese mismo año. Posteriormente debieron ser homologados por medio de la ley nacional Nº 18000 por tratarse de aprobaciones producidas durante regímenes de facto.

En un primer momento las islas se dividieron jurisdiccionalmente entre los departamentos de Gualeguay y Gualeguaychú pero finalmente  quedaron todas las islas como integrantes del territorio de Gualeguay. Hasta este momento, habían pasado más de cien años desde que comenzó el litigio. Mientras tanto las islas vivieron en aislamiento y abandono. Esta situación no ha cambiado hasta hoy, a pesar de vivir relativamente cerca de centros muy poblados. Por el lado del Paraná, las islas están enfrente de las localidades (enumeradas de sur a norte) como Baradero, San Pedro, Ramallo, San Nicolás de Los Arroyos, en la provincia de Buenos Aires y Villa Constitución en la provincia de Santa Fe.  
El extremo noroeste de las islas está aproximadamente a 60 Km de Rosario y el extremo sureste a unos 160 km de la ciudad de Buenos Aires.  

De la cabecera departamental, Gualeguay, no la separan más de 50 km, pero de Puerto Ruiz hasta las costas norte de las islas en el Paraná Pavón y Paraná Ibicuy, las extensiones de campo y agua, acrecientan el aislamiento pero el abandono, nos parece que es una realidad derivada de la falta de conocimiento y del interés no sólo de las autoridades sino también de la mayoría de los gualeyos. Este sentimiento es común a los pobladores de las islas y podemos dar testimonio de ello, no sólo por haberlo escuchado de sus labios sino también por lo manifestado por algunos amigos de Gualeguay que esperan nuestras filmaciones producidas en nuestros viajes para conocer las islas, pero no les interesa acercarse a ellas. Creemos (y desearíamos equivocarnos) que en el pensamiento de los gualeyos, Las Lechiguanas están muy lejos y no forman parte de su identidad territorial. Se habla de las islas en tiempo de inundaciones, del rescate de ganado y de personas o por algún caso de hantavirus. Algo parecido parece ocurrir con la localidad de Puerto Ruiz que está a sólo diez km de la ciudad. 



Sin embargo tenemos el convencimiento de que son dos lugares plenos de belleza e historias que bien merecen la atención y la integración al sentir e interés de por lo menos todos los gualeyos. Las islas están plenas de vida, no sólo la silvestre que promocionan las páginas de turismo, sino la humana que se desarrolla en condiciones por demás precarias y sacrificadas pero que producen un tipo humano con valores que en la vida ciudadana van desapareciendo. Nos referimos a pobladores autóctonos, a los  que nacieron, o por lo menos desde muy chicos crecieron en las islas; que aprendieron a sobrevivir en un medio hostil pero que hicieron propio consustanciándose con él, viviendo al ritmo y las fluctuaciones que imponen el clima y las inundaciones periódicas. Así se hicieron nutrieros, carpincheros, pescadores o cazadores de patos o chajás, tanto para alimentarse como para comerciar rudimentariamente. Hoy son además puesteros o cuidadores de ganado en engorde, porque el desplazamiento de la ganadería por la soja en los campos del departamento, ha hecho descubrir y valorar los campos bajos y los de las islas para invernar novillos. Si bien en las islas se ha trabajado en ganadería desde hace mucho tiempo, en la actualidad esa actividad se ha acrecentado. Pero también es una realidad que las islas se van despoblando de familias. En algunas zonas, sólo quedan los hombres que deben viajar cada tanto a las ciudades para ver a los suyos.


“Antes estas tierras no valían nada y no tenían dueños. Ahora aparecen muchos con papeles que según dicen, los hacen dueños de las islas”. De esta manera nos comentó un poblador su visión de un problema que hemos podido corroborar recorriendo páginas de Internet que  muestran varios y diversos conflictos de posesión y los esfuerzos del estado provincial por la recuperación judicial de extensiones de islas otorgadas de manera irregular durante las dictaduras militares. Pero sin querer obviar este problema, aclaramos que nuestro tema es la vida en Las Islas Lechiguanas en su sentido más amplio. Vida, de la que nos iremos ocupando en próximas entradas. 


Si bien este blog se ocupa principalmente de temas relacionados con el pasado, en esta oportunidad trataremos algo que transcurrió hace poco tiempo pero que significó, de alguna manera, un viaje hacia el ayer, casi como si hubiésemos sido transportados por la máquina del tiempo.

Fotografías de Jorge Surraco
 Continuará

viernes, 21 de enero de 2011